Domingo IV de Cuaresma - Ciclo A




   Dios hoy sigue sorprendiéndonos, como antaño, de la misma manera que sorprendió a los hombres en el pasado. No nos sorprendernos de Dios, pues le conocemos, pero sí nos sorprende su proceder. Y nos sorprende porque en ocasiones sus pensamientos no coinciden con los nuestros, ni su camino en ocasiones son nuestros caminos. Ni siquiera su mirada es nuestra mirada. Nosotros vemos, como hombres, lo que tenemos delante, y ahí corremos el riesgo de equivocarnos, como Samuel al principio, dejándonos llevar por lo aparente, por aquello que nos parece que es lo mejor. Pero Dios lo rechaza. Por eso es que no se equivoca al escoger, porque Él ve la esencia, lo que nosotros por nuestra ceguera o corta vista no podemos ver. 
Él ve, Él mira, Él conoce nuestro corazón. 


David puede gustarnos o no, a nuestros ojos puede parecernos joven e inexperto, sabio o necio, simpático o antipático, ortodoxo o moderno, pero ¿desde cuando le importan a Dios nuestros gustos, preferencias, opiniones o pareceres?

Ahí está David, en el campo, en la periferia de la ciudad, apacentando, pastoreando ovejas, ejerciendo sin apariencias ni alardes el oficio de Dios. Tal vez revestido de pieles de oveja, humildemente como una más entre ellas.

Ahí está David, oliendo a oveja, a sudor, a orina y excremento ovejuno. Pastoreando, no entreteniendo, peinando o esquilando las ovejas, sino conduciendo al rebaño. Cuidando con pasión y misericordia de las más débiles. Curando a la perniquebrada, a la parturienta, a la enferma. Llevando sobre sus hombros a la pequeña, a la herida, a la tozuda o la cansada.

David, el último recurso, en el que nadie menos pensaba. El más insospechado y que más lejos se encontraba. El más indicado a hacernos pensar que Dios se había equivocado. Pero no, Dios nunca se equivoca. Dios no lo escoge por ser o aparentar un hombre perfecto, que no lo era, sino por tener un corazón afín con el suyo. 
David es el pastor que necesitó ser pastoreado (Sal 22), el que supo lo que es la Misericordia, el que de la Mano de Dios venció a Goliat, y de cuyo linaje vino el Cristo.


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